Trabajo decente también para las mujeres – Begoña Marugán Pintos

Begoña Marugán PintosExigir hoy día trabajo decente es tanto como pedir la luna, pero del Mayo francés aprendimos a ser realistas pidiendo lo imposible y por ello reivindicamos trabajo decente; una demanda que aunque no es nueva, en medio de esta crisis que ha destapado las tripas del sistema y nos descubre unas condiciones laborales claramente indecentes, adquiere hoy día más relevancia que nunca.

¿Qué supone el trabajo decente?

La primera referencia al trabajo decente aparece en el título de la Memoria del Director General de la Conferencia Internacional del Trabajo de 1999. Por trabajo decente se entiende «el trabajo productivo en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad, en el que los derechos son protegidos y se da una adecuada remuneración y protección social». Un término, según Amartya Sen (1999), que no podía ser más acertado al ir más allá de la legislación laboral vigente y reconocer derechos básicos que permiten una comprensión mucho más alentadora de las necesidades de las distintas instituciones y las distintas políticas en pro de los derechos y de los intereses de los trabajadores. Además, el debate en torno al mismo supuso una quiebra en la perspectiva dominante de la Sociología del Trabajo de los años noventa que profetizaba el «fin del trabajo».

Ante unas regulaciones laborales cada vez más endebles y unas condiciones de trabajo de menor calidad, la OIT apostó por un trabajo protegido, que otorgara derechos y protección social como elemento de equidad.  La idea central era que cualquier persona en el mundo debería poder llevar una vida digna y tener cubiertas sus necesidades básicas y que el empleo era un factor crucial para lograrlo. Con esta propuesta la OIT recuperaba la centralidad perdida por el trabajo y además lo hacía a partir de la cualidad del mismo.

A esta propuesta se sumaron organizaciones sindicales de todo el mundo y en 2008 organizaron la Jornada Mundial por el “Trabajo decente”. A partir de entonces se ha continuado trabajando desde esta óptica a nivel mundial y se ha instado a los gobiernos a tener más respecto a la creación de empleo y que éste no sea de cualquier tipo, sino decentes para todos y todas. Con esta perspectiva inclusiva, en la que se referencia a “todas” -al menos aparentemente-, las mujeres esta vez no han sido ignoradas. Y es que los datos de la OIT demuestran que las muchachas tienen mayor probabilidad que los chicos de convertirse en los trabajadores invisibles y en las víctimas de las peores formas de trabajo infantil. Las mujeres jóvenes tienden a presentar tasas de desempleo más altas que las de los hombres jóvenes. Las mujeres de edad avanzada se encuentran con una discriminación continuada en el mercado de trabajo y a menudo tienen que asumir responsabilidades de prestación de cuidados en sus familias, en lugar de ser ellas las atendidas. A ello hay que añadir que las mujeres y las jóvenes son particularmente vulnerables a la trata internacional. E incluso las mujeres que emigran legalmente como trabajadoras con contrato a menudo se encuentran en el lugar de trabajo con una grave explotación, que incluye acoso sexual y otras formas de violencia.

El crecimiento cuantitativo del empleo de la mujer no se ha correspondido con un aumento en la calidad del mismo y los avances han sido desiguales y limitados y por ello, la OIT y el movimiento sindical internacional han puesto en marcha campañas como “Trabajo Decente, Vida Decente para la Mujer”.

Ante la escasa permeabilidad que la perspectiva de género tiene en los análisis sobre la crisis actual, fruto de la despreocupación histórica por la precariedad femenina, nos interesa destacar iniciativas como ésta que pretenden mejorar el empleo de las mujeres e implementar la igualdad de género en las políticas y los convenios laborales y reivindicar este 7 de octubre, Día Mundial del Trabajo Decente, el empleo decente también para las mujeres.

Empleo decente también para las mujeres

En nuestro país, con una tasa de actividad femenina 15,8 puntos menor que la masculina, tenemos ligero mayor porcentaje de paro y la segmentación laboral continúa en aumento. Las mujeres siguen concentradas en ciertos sectores y además dentro de éstos en ocupaciones que se entienden como una prolongación de sus tareas y habilidades domésticas. Los mayores porcentajes de ocupación femenina se concentran en la rama de comercio, actividades sanitarias y de servicios sociales, hostelería, educación y empleo doméstico. Además la tasa de feminización de estas ocupaciones ha aumentado. Así mismo perdura la segmentación vertical, ya que las mujeres se concentran en categorías profesionales inferiores. Sólo suponen un 30% del personal en la dirección de empresas y la administración, mientras que son el 62% de los trabajadores no cualificados.

Además, las mujeres tienen dificultades para promocionar; sufren una mayor temporalidad y acceden en mayor medida a contratos a tiempo parcial (CES,2012). Mientras que sólo el 5% de los hombres tienen contrato a tiempo parcial, entre las ocupadas lo tienen un 23%. A ello se suma el hecho de que perciben salarios más bajos. El salario de las mujeres españolas es, como media, un 78% del de los españoles y la retribución media por hora trabajada que reciben las mujeres es el 76,1% de la de los hombres. Según la Encuesta de Estructura Salarial (2010) mientras que el 10% de los hombres ocupa empleos con salarios de más de cinco veces el salario mínimo, ese porcentaje es de solo el 5% en el caso de las mujeres, pero por contra, de las mujeres empleadas un 15,5% (frente a un 5,6% de hombres) percibe el salario mínimo interprofesional, lo que obviamente repercute en sus futuras pensiones. Una pensionista jubilada percibe al mes una media de 597,21 euros, mientras un pensionista varón recibe 971,92.

Las mujeres están peor situadas para soportar la destrucción de empleo ya que no tienen la misma cobertura por desempleo que los hombres. La cobertura de protección por desempleo femenina está más de 21 puntos por debajo de la masculina, como consecuencia de que muchas no han cotizado o han generado menos derechos contributivos, debido a la precariedad y la discriminación laboral que sufren. Ni que decir tiene que, a las mujeres nos ha cogido la crisis en peor situación y esto lo estamos notando.

Por esto es tan importante recordar hoy también a las mujeres activas, pero después de tanto años de activismo feministas no nos podemos conformar con la estrecha definición del trabajo decente de la OIT y centrarnos sólo en el trabajo productivo y seguir asumiendo el error metonímico de sustituir la parte –el empleo- por el todo –el trabajo-.

Más allá del empleo decente está el trabajo decente

El empleo, no es ni más ni menos que un tipo específico del trabajo, dentro del que se podrían mencionar otros como el doméstico y de cuidados, el voluntario, el ilegal, el participativo y político. A pesar de cuarenta años de análisis feministas de denuncia de esta metonimia –hablar de trabajo cuando se quiere decir empleo- ni en el ámbito académico, ni en las organizaciones internacionales y estatales este planteamiento se acaba de asumir. Y eso que se ha demostrado empíricamente como el trabajo doméstico y de cuidados es fundamental en el circuito macroeconómico y que la economía productiva sin el trabajo doméstico no puede subsistir. Las actividades que se realizan bajo este trabajo doméstico y de cuidados están destinadas a criar y mantener personas saludables con estabilidad emocional, seguridad afectiva, capacidad de relación y comunicación que son características humanas indispensables para el buen funcionamiento de la esfera mercantil capitalista, sin las cuales la economía de producción no sería posible. Por otra parte, si se cuantifica la distribución de la Carga Global de Trabajo, la misma estaría compuesta por un 44,2% de trabajo retribuido, mientras que el resto sería trabajo no retribuido, realizado mayoritariamente por mujeres.

Según los datos de la Encuesta de Población Activa, en el segundo trimestre de 2011,  en España hay casi cuatro millones de mujeres que desempeñan “labores del hogar” –contabilizadas tristemente como población inactiva– hecho que repercute en la posición social de estas mujeres. En la modernidad, los derechos de ciudadanía están íntimamente relacionados con el empleo, con lo que de desigual situación supone esto para estas personas. Al margen de la falta de consideración social de un trabajo tan importante para la vida y la reproducción social como es el doméstico y de cuidados, al quedar fuera del mercado laboral, este impide a las mujeres que lo ejercen gozan de determinados derechos como el de huelga, jornadas reguladas, derecho de afiliación, retribución (más que en especie), pensión por el trabajo realizado (sólo pensión de viudedad como compensación), etc. Por otra parte, al desempeñarlo prácticamente sólo mujeres  (91,9% de las personas que desarrollan labores del hogar son mujeres), se sigue manteniendo fuertemente la división sexual del trabajo y se arrastra el modelo dicotómico del varón sustentador y la mujer cuidadora y seguimos reproduciendo la discriminación sexual.

Si, tal y como dicen los textos de la OIT: el trabajo decente es un medio para conseguir la equidad no podemos olvidar el trabajo doméstico y de cuidados. Es evidente que todas las personas necesitamos cuidados a lo largo de nuestra vida. La idea del individuo autónomo es una ficción ilustrada que se ha mantenido ocultando un parte de realidad. El individuo autónomo sería una persona independiente, lo cual es una falacia en un sistema de relaciones sociales múltiples, pero además si un individuo, por lo general varón, es autónomo y está disponible para el espacio público es porque alguien le ha educado, limpiado, cocinado y curado cuando lo ha necesitado. A lo largo del ciclo vital todas las personas, sobre todo en su infancia y en su vejez van a precisar atenciones. Invisibilizar e infravalorar este tipo de trabajo no hace sino ocultar las relaciones de poder y de dominación en las que se sustenta el capitalismo patriarcal. Olvidar la cantidad y calidad de este trabajo supone, nuevamente, invisibilizar y menospreciar el trabajo –bajo dedicación única o dobles presencias- de muchísimas mujeres y sustituir la lógica económica por la social en la que lo importante no es tanto la producción, como la sostenibilidad de la vida y el bienestar de las personas. Por tanto, en el 7 de octubre pidamos trabajo, pero trabajo que no empleo, decente para todas y todos de verdad.

Begoña Marugán Pintos

Integrante del Gidyj

Publicado en: Nuevatribuna.es

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