¿Qué tienen que ver los derechos fundamentales con el “pensamiento Gonzalo”? – Edgardo Rodríguez Gómez

Edgardo Rodríguez GómezEl tratamiento doctrinal jurídico y político de los derechos fundamentales exige una dosis importante de rigor teórico y responsabilidad ciudadana a fin de evitar el fácil recurso a su manipulación interesada por quienes se proponen aprovecharlos para sus propios fines debido a su alto contenido valorativo y su amplia aceptación popular desde finales del siglo XX, cuando llegan a ser entendidos como una expresión que traduce fines loables como la búsqueda de la justicia y el bienestar personal.

El fallecido jurista Gregorio Peces-Barba, quien sería el primer tratadista en lengua castellana en dedicarse a su estudio profundo durante más de tres décadas hasta su muerte acaecida este año, manifestó su predilección por el término “derechos fundamentales” procurando evitar las derivas que el uso y abuso de la expresión “derechos humanos” había generado en el escenario del juego político internacional. Así lo advertía a finales de los noventa en su “Curso de Derechos Fundamentales. Teoría General”, su obra más importante dedicada al respecto:

“[Derechos humanos] Es también, un término emotivo que suscita sentimientos entre sus destinatarios y respecto del cual la tentación de manipulación es permanente. Como otras palabras, democracia, libertad, fascismo, comunismo, por indicar algunas de las más importantes, está en el núcleo de la lucha política, y la acción puede contribuir también a alejar las preocupaciones teóricas y la indagación de su sentido, urgida por perentorias exigencias. A veces se puede tener la sensación de que muchos activistas de los derechos humanos no saben muy bien lo que quieren decir al usar esa palabra o la usan entre sí con diferentes sentidos, con acentos incluso contradictorios en contenidos parciales.”

Culminaría estas observaciones quien fuera uno de los Padres de la Constitución Española de 1978, Presidente del Congreso de los Diputados por el PSOE durante la legislatura 1982-1986 y Rector Magnífico de la Universidad Carlos III de Madrid con un apunte que resulta del mayor interés para el contexto peruano actual, al señalar:

“Finalmente se puede incluso hablar de una retórica de los derechos humanos, al hacerse desde sectores políticos alejados del ideal moral último que los fundamenta, un uso simplemente semántico de justificación y legitimación de sistemas no democráticos, lo que evidentemente desorienta” (Peces-Barba, 1999: 21-22).

Tras la fortuna que alcanzaría la expresión “derechos fundamentales”, incorporada en buena parte de las constituciones iberoamericanas que siguieron el derrotero marcado por la española de 1978, tal como ocurrió con la peruana de 1979, sometida casi de inmediato a resistencia armada por una banda subversiva que alcanzaría fama mundial por la crueldad de sus ataques dirigidos hacia otras personas a las que -como concluía la CVR- veían como clase y no como individuos -demostrando así un desprecio absoluto por aquellos derechos y sus titulares-, es seguro que quien llegó a ser nombrado doctor ‘honoris causa’ por la Pontificia Universidad Católica del Perú lamentaría desde la distancia los afanes del Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales (MOVADEF) de enarbolar en pleno siglo XXI una nueva y condenable “retórica de los derechos fundamentales”.

Desentrañar los aspectos incoherentes y poco serios del pensamiento marxista-leninista-maoísta, pensamiento Gonzalo al intentar ser vinculado con los derechos fundamentales, o más atinadamente con los derechos humanos fundamentales, configurando el carácter retórico de la propuesta del MOVADEF, es el objetivo de este artículo que sostiene la manipulación que hacen los líderes de este autodenominado “frente” de una de las expresiones de mayor legitimidad actual al estar ligada al ideal de justicia para la humanidad.

Para ello es necesario comenzar reivindicando la relación estrecha existente entre los derechos humanos y los derechos fundamentales como elaboraciones doctrinales producto de la especial valoración individual a lo largo de la historia, cuyas fuentes se rastrean con mayor nitidez a partir de la modernidad occidental. Si bien se asume que estos últimos han adquirido una manifestación eminentemente jurídica al estar plasmados en normas de rango constitucional, y su contenido y alcances se han ido delineando gracias al desarrollo de la jurisprudencia de los tribunales constitucionales; no es menos importante el papel “iluminador” en la interpretación de los derechos fundamentales que se otorga a normas expresas de derechos humanos de alcance internacional según refiere, por ejemplo, el propio tratamiento constitucional peruano que establece: “Las normas relativas a los derechos y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretan de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y con los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por el Perú”  (Cuarta Disposición Final y Transitoria), o como en el caso español de donde proviene la inspiración, palabra por palabra, de la carta magna peruana. (Véase el Artículo 10.2 de la CE).

Esta relación estrecha invita a explorar no sólo la dimensión jurídica, plasmada positivamente en textos normativos de alcance nacional e internacional, sino la vertiente moral de estos derechos para configurar con mayor precisión los denominados “derechos humanos fundamentales”, de forma que, como ayuda a esclarecer el profesor Eusebio Fernández (1993: 48), “[h]ablar de derechos humanos fundamentales como los derechos morales atribuibles a cualquier persona humana es situarse, prioritariamente pero no de forma exclusiva, en un plano moral, previo al jurídico, pero con la pretensión de encontrar en el Derecho su acomodo.”

Los derechos humanos fundamentales responden así a una cierta moralidad donde destaca 1) la primacía de lo individual, sustentado en la autonomía personal, que no admite la preeminencia del grupo sobre la existencia de quienes lo integran; 2) la consagración expresa de la dignidad humana que da el mayor valor –que no precio- a las personas en su individualidad moral sin reducirlas a categorías que las hagan invisibles o las conviertan en blanco de ataques indiscriminados y 3) la igualdad, que para el jurista alemán Gustav Radbruch (1974: 31) constituye la médula de la justicia, y donde junto a la igualdad sustancial -aspiración de los igualitaristas- no se deja de lado la igualdad formal (calificada de burguesa y por ende despreciada por sus detractores marxistas) entendida como la igualdad ante la ley, la igualdad jurídica y en los derechos.

Especial importancia tiene al respecto para la fundamentación de los derechos humanos la posibilidad del disenso. Es decir, así como estos derechos demandan un principio de universalización por el cual se busca fundamentar la adhesión a los valores ya mencionados de dignidad, libertad e igualdad, se exige al mismo tiempo –en una certera propuesta del profesor Javier Muguerza (1998: 59)- un “imperativo de la disidencia” por el cual “[lo que] habría que fundamentar es más bien la posibilidad de decir “no” a situaciones en que prevalece la indignidad, la falta de libertad o la desigualdad”. Comprendiendo bien, claro está, que el disidente es siempre un sujeto individual, resultando su toma de postura que rompe el consenso un acto que requiere pasar de manera imprescindible por la búsqueda de la soledad de su conciencia (id.: 75).

Puede darse el caso, precisa el profesor Muguerza, que se presente la ocasión de “disentir con otros”; es decir, junto a otros, tal circunstancia debe conllevar que “aunque el disenso sea ejercido por ‘grupos’ de individuos, lo será en todo caso por grupos de ‘individuos’”; en suma, sujetos morales que son los que se encuentran en la base de cualquier teoría que asuma rigurosa y responsablemente el discurso de los derechos humanos: aquellos que basan su actuar “en esa subjetividad, de la que brotan indisociablemente unidas nuestra autoconciencia y nuestra autodeterminación”, que es donde finalmente radica la ‘dignidad humana’ (id.: 71) o el derecho a tener derechos, a decir de Hannah Arendt.

A un movimiento como el MOVADEF, que asume como guía ideológica el pensamiento del fundador del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (SL) puede interesarle más bien dotar de carácter moral a una clase social –el proletariado- y, en definitiva, a su organización: el partido que conduciría al poder a dicha clase. Es posible verificar, dice Muguerza, la posibilidad de un tal recurso a través de su analogía con los sujetos morales, concediéndose capacidad de “autoconciencia” y “autodeterminación” a alguno de tales sujetos impersonales. El déficit del “pensamiento guía” del MOVADEF, no obstante, sobrepasa la advertencia del catedrático de Ética que dice: “no hay que olvidar que aquellas [clase u organización] pasan en cualquier caso por la autoconciencia y la autodeterminación de los individuos correspondientes” (id.: 72).

Desprovistos de su propia individualidad, los militantes de SL son adoctrinados para no contradecir –ni disentir de- los mandatos desdeñosos de la dignidad de otros seres humanos provenientes de su máximo dirigente y creador de sus ideas-guía. La supuesta fuerza colectiva que esgrimen al consagrar la línea correcta del partido por encima de sus propias opciones discrepantes les impide liberarse de una sujeción que puede llegar a imponerles una subjetividad indeseada. Así, recogiendo palabras de Michel Foucault (1982: 781) acerca de “Los sujetos y el poder”, éstos llegarían a ser conducidos como objetos estando sometidos a:

“… una forma de poder que se ejerce en la inmediata vida cotidiana, que categoriza al individuo, le marca con su propia individualidad, lo vincula a su propia identidad, le impone una ley de la verdad que debe reconocer y que otros deben reconocer en él. Se trata de una forma de poder que hace de los individuos súbditos. Hay dos significados de la palabra “súbdito”: sujeto a alguien por control y dependencia, y unido a su propia identidad por consciencia o auto-conocimiento. Ambos significados sugieren una forma de poder que subyuga y asujeta.”

No hay que olvidar, paradójicamente, que fue el propio Karl Marx quien denunció el proceso de deshumanización que engendra el capitalismo y que conllevaría en la práctica la consiguiente reducción del sujeto a objeto a través de la alienación. Indudablemente las ideas de Marx contribuyeron al desarrollo del discurso de los derechos humanos; su postura crítica acerca de los derechos que formaron parte de la Declaración del Hombre y el Ciudadano de la Revolución francesa contribuyó a dar forma y contenido a los derechos económicos y sociales; no obstante, el autor de “El Capital” representa un personaje marcado por la ambigüedad en relación con uno de los presupuestos ya mencionados que están detrás del discurso de los derechos fundamentales: ¿quién es el sujeto de tales derechos? Así, en “La cuestión judía”, Marx (1997: 37) dice:

“Sólo cuando el real hombre individual reabsorba en sí al ciudadano abstracto, y como hombre individual en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones individuales, se haya convertido en un ser genérico; sólo cuando el hombre haya reconocido y organizado sus ‘propias fuerzas’ como fuerzas sociales, y por tanto ya no se separe de sí la fuerza social en forma de fuerza política, sólo entonces se habrá completado la emancipación humana.”

Ese ser genérico que remplaza y deja de lado al “hombre individual” no puede constituir el sujeto moral de los derechos humanos. En esas afirmaciones encuentra el profesor Eusebio Fernández (2011: 44) el primer obstáculo para una teoría marxista de los derechos humanos, ya que “la autonomía de los sujetos en el marco de la sociedad y de las instituciones jurídico políticas pierde terreno a favor de la unidad y la armonía del todo social.”

La historia del siglo XX exhibe el resultado de las ideas y acciones de los seguidores de Marx. Los marxismos inspiraron corrientes revisionistas críticas desde su origen con ciertas tesis de su maestro (Kautsky o Berstein), próximas luego al discurso individualista de los derechos humanos. La ortodoxia del marxismo-leninismo, el maoísmo y el “pensamiento Gonzalo” dejó impresa su huella de fracasos en el mundo con regueros inútiles de sangre.

Alfredo Crespo, en reciente entrevista (2012: 38-53) menciona que en el MOVADEF “pueden caber personas de otras ideologías”, contando a demócratas y cristianos, un único requisito demanda: que “estén a favor de la amnistía general de civiles [Gonzalo, su guía pensante], militares y policías” que promueven. Algún buen demócrata (también cristiano) le sugeriría abandonar la retórica de los derechos fundamentales renunciando a su guía ideológica trasnochada y fallida.

BIBLIOGRAFÍA

Fernández, Eusebio, (1990), Estudios de ética jurídica, Debate, Madrid.
Fernández, Eusebio (2011), Marxismo, democracia y derechos humanos, Dykinson S.L., Madrid.
Foucault, Michel (1982), “The Subject and Power”, Critical Inquiry, 8, pp. 777-795.
Lerner, Dan y Diez, Jonathan (2012), “Un Sendero político: Una entrevista a Alfredo Crespo”, Quehacer, 187, pp. 28-53.
Marx, Karl (1997), La cuestión judía. Sobre democracia y emancipación, Santillana, Madrid.
Muguerza, Javier (1998), Ética, disenso y derechos humanos. En conversación con Ernesto Garzón Valdez, Argés, Madrid.
Peces-Barba Martínez, Gregorio (1999), Curso de Derechos Fundamentales. Teoría General, Universidad Carlos III de Madrid-Boletín Oficial del Estado, Madrid.
Radbruch, Gustav (1974), Introducción a la Filosofía del Derecho, Fondo de Cultura Económica, Madrid.

Edgardo Rodríguez Gómez

Integrante del Gidyj

Publicado en: Losandes.com.pe

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