Las mujeres tratadas también merecen ser lloradas – Begoña Marugán Pintos

Begoña Marugán PintosJudith Butler en la Conferencia Violencia de Estado, guerra, resistencia pronunciada en Barcelona en 2010 explicaba muy bien los argumentos sensoriales que actúan sobre los sentidos y desactivan el rechazo contra las guerras. En toda guerra se distingue entre aquellas personas –y pueblos– cuyas vidas deben ser conservadas y aquellas otras cuyas vidas son prescindibles. Las primeras merecen ser lloradas, mientras las segundas no parecen merecedoras de duelo. El argumento que esta feminista maneja es transferible al fenómeno de la trata de seres humanos –esas mujeres y niñas que no parecen merecer que se sienta por ellas ningún dolor–.

Cualquier combate se produce primero en el terreno sensorial y por ello debemos referirnos a Butler este martes, Día Internacional contra la Explotación Sexual y el Tráfico de Mujeres, Niñas y Niños, para batallar en el terreno sensitivo e intentar reducir nuestra indiferencia.

La trata es un crimen contra la humanidad y por tanto nos concierne a todas las personas, sin embargo, este fenómeno no está recibiendo la atención que se merece. Probablemente, la cuestión de las personas que lo padecen –mayoritariamente niñas y mujeres pobres de países también pobres– no sea ajena a la falta de abordaje político del problema.

La trata con fines de explotación sexual es otra forma de expresión de la violencia que se ejerce sobre las mujeres por el hecho de serlo, tal y como recoge el artículo 2 de la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer de la ONU (1993) y refleja muy bien la dominación que en todas partes sufren las mujeres. Las mujeres dejan de ser tratadas como seres humanos para ser consideras objetos reclutados, transportados y explotados como cosas. La guerra y los conflictos en diversas regiones del mundo, el crecimiento de las telecomunicaciones y la expansión de la tecnología de la información, pero también la subyugación mundial de las mujeres y la transnacionalización de la industria del sexo son algunas de las causas que originan la trata en los países de origen. El uso de los cuerpos de las mujeres como mercancía y por tanto la demanda de servicios sexuales lo sería en los países receptores. Este tipo de consumo está marcado por el género en el sentido de que el consumo de servicios sexuales lo efectúan los hombres. Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) España sería uno de los países de destino y se calcula que en nuestro país un 39% de los hombres consumen prostitución. Este hecho no hace sino reproducir el papel social que reafirma ciertos modelos masculinos de pensar, saber y detentar el poder social. El sexo va unido al dinero y al poder masculino y funda, asigna y reafirma la posición de dominación de los hombres sobre las mujeres. Por tanto, aunque no se debería subsumir el delito de la trata en el debate sobre la prostitución y habría que diferenciar entre la elegida y la impuesta –con todos los matices que tiene esta demarcación– resulta interesante el vídeo  Entre colegas de la Fundación Lydia Cacho para sensibilizar a los jóvenes o lo que está haciendo la Policía Nacional para  detectar casos y ayudar a las víctimas y desde luego, el trabajo de apoyo integral a las víctimas de las ONG agrupadas en la  Red Española contra la Trata.

Señalar la dimensión de género es necesario, pero insuficiente. Al hecho de ser mujeres se añade que son pobres y que provienen de países igualmente pobres lo que les hace más invisibles a nuestros ojos y menos sujetos de atención política. Este fenómeno que hoy día se conoce como la esclavitud del siglo XXI, no empezó a analizarse hasta los años noventa y aunque el Protocolo de Palermo –suscrito en el seno de Naciones Unidas en el año 2000– y el Convenio de Varsovia –elaborado por el Consejo de Europa en el año 2005– fueron abriendo un importante camino en el ámbito jurídico, la información encontrada a duras penas, a pesar su volumen, permite dimensionar el problema en cuanto al número de víctimas. Tanto la OIT, como la UNODC, cifran en cerca de 2,5 millones el número de personas (la mayoría mujeres) traficadas cada año en el mundo; y, tentativamente, el Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado (CICO) ofrece datos en torno a las 2500 víctimas en España.

A pesar de lo extendido que está este fenómeno su principal problema es la invisibilidad. Según la Relatora Especial sobre la Trata de Personasde Naciones Unidas, estamos ante un problema tan grave y extendido como, paradójicamente, oculto, lo cual introduce una serie de dificultades que impiden conocerlo de forma precisa y analizarlo en profundidad. Además, la naturaleza delictiva, ilegal y transnacional del fenómeno dificulta su visibilidad, identificación y erradicación.

La trata genera muerte, dolor y sufrimiento a quien la padece, pero resulta difícil su erradicación puesto que es uno de los negocios ilícitos más lucrativos. La UE estima en cerca de diez millones de euros anuales los beneficios. La Oficina contra la Droga y el Crimen de Naciones Unidad cifraba, en 2008, en ocho mil millones de dólares los beneficios obtenidos. Los traficantes obtienen ganancias comparables a las conseguidas con el tráfico de drogas y de armas. ¡Demasiados intereses y demasiado poder!, pero contra él y con arreglo al derecho internacional, los Estados tienen la obligación de prevenir la trata de personas, investigar y sancionar a quienes la cometen y proteger y ayudar a la recuperación de las víctimas.

El Estado obviamente debe hacer su labor, pero como la Red Cántabra Contra el Tráfico de Personas y la Explotación Sexual nos recuerda que “la mujer traficada es una víctima múltiple: de los traficantes, de los clientes, de sus circunstancias y de “la invisibilidad” y exclusión a que la somete la sociedad de acogida”. No seamos cómplices de los verdugos con nuestra indiferencia. Tomemos partido y aprovechemos esta y otras fechas para repetir que la trata con fines de explotación sexual afecta al derecho a la vida, a la integridad física y psíquica, a la seguridad y a la libertad, a la dignidad de la persona y a la no discriminación por el hecho de ser mujer. Destrocemos el imaginario colectivo que invisibiliza a estas mujeres y hace sus vidas prescindibles porque, al menos para mí, las mujeres y niñas traficadas también merecen ser lloradas.

Begoña Marugán Pintos

Integrante del Gidyj

Deja una Respuesta