La ciudadanía ante la “desregulación” de la política – María José Fariñas

María José Fariñas DulceEspaña, igual que la mayoría de países desindustrializados, atraviesa una profunda crisis institucional, debido a casos, a veces coyunturales, otras estructurales, de corrupción política en connivencia con el poder económico, al desgaste de algunas instituciones, a la desafección política y el derrumbe de la moral cívica vinculada a lo público, a la obsolescencia de leyes esenciales (Ley Electoral, leyes fiscales y la propia Constitución), a lagunas legales, como la de la Transparencia y Acceso a la Información Pública, que perpetúan la opacidad y el secreto en el funcionamiento de las administraciones públicas, así como a la persistencia de las oligarquías en la estructuración democrática de la sociedad y de las administraciones públicas. Este contexto ha impedido, y sigue haciéndolo, un completo desarrollo democrático de nuestras instituciones políticas y jurídicas.

Pero también se debe a las consecuencias sobrevenidas de la puesta en marcha de políticas neoliberales introducidas por la globalización, que restringen derechos económicos, sociales y culturales, limitan libertades y dejan a la ciudadanía carente de vínculos de integración y cohesión social, a la vez que desprotegida ante sus necesidades básicas.

La desregulación política ha convertido a la actividad política en una mera gestión técnica de cosas y personas, al servicio de las necesidades de las oligarquías empresariales y financieras globales, pero al margen de la voluntad de los ciudadanos. Las consecuencias inmediatas han sido: 1) la privatización de los espacios públicos y comunitarios de la ciudadanía, en tanto expresión de subjetividades individuales y colectivas, sustituidos ahora por la utopía neoliberal del consumo de los grandes shopping; 2) la pérdida de legitimidad del poder político y de sus actores gubernamentales; 3) el debilitamiento del Estado-nación como actor político; 4) la redefinición del papel regulador del Estado, en relación con el grado de intervención en el funcionamiento del mercado; 5) el predominio de los oligopolios financieros que cooptan la acción política de los gobiernos.; y 6) la crisis de representación del sistema parlamentario y de partidos.

Esta desregulación ha tenido como consecuencia una despolitización de la política y ha afectado negativamente en la estructuración democrática de las sociedades, lo cual hace cada vez más difícil el libre ejercicio de los derechos políticos y la expresión de la voluntad popular. La capacidad de actuación de los gobiernos democráticos se ha estancado. Ahora el pesimismo sobre la democracia va en paralelo al pesimismo sobre la situación económica en los países desarrollados.

Es evidente, a la vez que cansino, el distanciamiento entre una ciudadanía, cada vez más mermada en sus condiciones de vida y derechos, y unas instituciones políticas empeñadas en desarrollar únicamente funciones de gestión, técnicamente adecuadas a las necesidades económicas y financieras. Por ejemplo, los datos de los últimos años del barómetro del CIS lo confirmaban machaconamente: casi uno de cada tres españoles identifica a los políticos y a los partidos entre los tres problemas más importantes de España. Esto se debe, principalmente, a que los ajustes estructurales del neoliberalismo se relacionan materialmente con la exclusión de amplios sectores de la población del acceso a la ciudadanía, a los derechos y a servicios públicos. Todo eso está generando un gran cansancio democrático, hasta el punto que los recortes en derechos sociales están produciendo también merma en los derechos políticos y en la participación ciudadana. La desafección política es un problema grave, que se puede convertir en estructural, cuando la desconfianza en los partidos políticos vaya transitando hacia la desconfianza en la democracia.

El problema está en que los que realmente no tienen el poder, lo único que tienen son las instituciones democráticas y los derechos a ellas vinculados, como límites a aquél. Una crítica demasiado dura a las instituciones democráticas, junto con una desafección política en aumento, pueden dejar a los ciudadanos desarmados ante los poderes económicos o ante políticas regresivas en lo social y en lo identitario.

Sin embargo, la actual desconfianza hacia la clase política no parece que sea sinónimo de pasotismo, como en ocasiones se interpreta, sino de ciudadanos más críticos y exigentes con el sistema, como se ha puesto de manifiesto en los diferentes movimientos de la indignación. Aunque están insatisfechos con el funcionamiento de las instituciones democráticas, reclaman una democracia de mayor calidad y manifiestan una creciente demanda de valores y de inclusión social.

En definitiva, la desafección no es sólo fruto de la despreocupación o de actitudes negativas hacia la política en general, sino de la insatisfacción con el funcionamiento del sistema por parte de ciudadanos que se interesan por los asuntos públicos. Expresan su insatisfacción, manifestando demandas emotivas de inclusión social, participación política y autonomía personal (como en el 15-M). Por ejemplo, que los jóvenes busquen nuevas formas de participación en la vida social, política y económica al margen de las formaciones políticas tradicionales y de los sindicatos, significa que no pasan de la política. Pero necesitan espacios comunitarios de reflexión. En las redes sociales, en las plataformas ciudadanas encuentran otra manera de hacer política y de expresar sus demandas: una democracia más participativa, más directa. Demandan una democracia, donde los mecanismos de participación popular permitan un acceso cada vez más igualitario a los bienes necesarios para una vida digna.

Es necesario trasformar las estructuras para abrir espacios, en los que puedan participar los nuevos actores sociales y políticos. Es necesario dosis de ideología y un proyecto político renovado, trabajando en el campo crítico de las ideas y recuperando la dimensión ética y estética de la acción política. La izquierda ha de abanderar la propuesta de un nuevo pacto global entre economía y sociedad, desembarazándose del economicismo y del tecnicismo conformistas con el neoliberalismo, que ha caracterizado al centro izquierda europeo de las últimas décadas, y apelando al núcleo de la sociedad. Debería ser capaz ahora de anticipar la decepción y el resentimiento económico de las clases medias y baja, y de saber reorganizar sus esperanzas. Necesita volver a conectar culturalmente con ellas, hablar su idioma y compartir sus preocupaciones, problemas y temores en lo económico, social y cultural en un mundo cada vez menos previsible. ¿Cómo? Volviendo a afrontar las cuestiones económicas, fiscales e institucionales “fuertes”, que durante las últimas décadas fueron declaradas “zonas prohibidas”. Volviendo a conectar el poder con la acción política. De lo contrario, el inmovilismo solo llevará a una mayor desconfianza en los políticos, partidos y sindicatos tradicionales, así como a mayores riesgos para la estructuración democrática de la sociedad.

María José Fariñas Dulce

Integrante del Gidyj

Publicado en: Público.es

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