En las encrucijadas del neoliberalismo patriarcal – Begoña Marugán Pintos

Begoña Marugán PintosLa comunicación resulta determinante y por ello saludo esta iniciativa y aprovecho la misma para reflexionar desde una perspectiva aún no tratada en el debate: la de género.
Por empezar por el principio, adjetivaría el neoliberalismo como patriarcal. Quizá sea ésta una redundancia, pero en los regresivos tiempos que corren conviene explicitar esta realidad. La dominación masculina no sólo se reproduce, sino que se agiganta en los tiempos de crisis y por ello una organización socio-política como la sindical, tan necesaria para continuar luchando contra las desigualdades sociales, deberá tenerla en cuenta
Centrarse sólo en la igualdad de clase y olvidar la dominación de género sería seguir como Hobbes o Locke clamando por la igualdad de todos los hombres, pero paradójicamente negándosela a la mitad de la población, la femenina, o reforzando la maquinaria misógina armada por filósofos como Hegel, Nietzsche, Kierkegaard o Schopenhauer. También sería continuar las prácticas sindicales de principios del siglo XIX donde, en muchos casos, las mujeres debieron organizarse solas ante el poco interés de los sindicatos en defenderles. Una situación actualmente imposible cuando el 37% de la afiliación sindical es femenina.
Aunque la transversalidad no se ha alcanzado, la mirada de género – gracias al esfuerzo de las secretarías de mujer e igualdad- se va abriendo paso en la política sindical. Cada vez es más frecuente la realización de estudios con perspectiva de género a través de los cuales los sindicatos informan de múltiples discriminaciones laborales. Así, aunque desgraciadamente se observa una tendencia hacia la igualdad en la precariedad, dentro de la misma, las mujeres se llevan la peor parte. La tasa de paro femenina (26,87%) es mayor que la masculina (25,31%) a pesar de tener las mujeres una tasa de actividad trece puntos inferior a la masculina. Del conjunto de las ocupadas, 26,3% desempeña trabajos a tiempo parcial frente al 8% de los varones. La brecha salarial está lejos de reducirse. El salario de las mujeres supone el 77,5% del salario de los hombres y el 16% de las mujeres ganaba, en 2011, menos del SMI, frente a un 6,8% de los hombres. Todo ello además produce el fenómeno de re-precarización en las prestaciones. Más del 70% de las pensiones que cobran las mujeres están por debajo del SMI y son ellas las que mayoritariamente han de sobrevivir con la renta mínima de inserción.
Estos pocos datos estadísticos muestran la discriminación en las condiciones de empleo, pero también hay discriminaciones en las condiciones de trabajo. El mercado laboral se caracteriza por la segmentación horizontal. En torno al 50% de las mujeres ocupadas se concentran en sólo 6 ocupaciones diferentes (empleadas domésticas y personal de limpieza, servicios personales, dependientes de comercio y restauración, sanidad y educación). En muchas de ellas se perpetúa el papel tradicional de cuidadoras de personas dependientes y responsables de las tareas del hogar. Y además perdura la segmentación vertical, ya que las mujeres se concentran en categorías profesionales inferiores.
Tras siglos de discriminaciones laborales, conseguir la igualdad no es fácil, y menos hoy día donde las medidas adoptadas por el gobierno multiplican las desigualdades sociales y pretenden meter a las mujeres en casa. La presión del poder para avanzar en esta dirección es mucha, pero prefiero pensar proactivamente en lo que podemos hacer como contrapoder para avanzar en un nosotros sindical colectivo.
Los sindicatos pueden y deben luchar contra las discriminaciones laborales femeninas, pero éstas tienen mayoritariamente su origen en el desigual reparto de tareas domésticas y de cuidados familiares. Y en ese sentido, a la vista de que las medidas adoptadas en el empleo no bastan, invito a reflexionar sobre la necesidad de aprender de las enseñanzas feministas y abrir el objeto de atención sindical del empleo al trabajo para, aplicando una perspectiva de género, intentar romper la división sexual del trabajo, elemento clave de desigualdad y discriminación.
El feminismo ha destruido la idea dicotómica ilustrada de la división del mundo en dos mitades y ha mostrado que entre lo que denominamos productivo y reproductivo hay un continuum y no puede existir el uno sin el otro. Para que pueda darse producción debe haber personas socializadas, atendidas y cuidadas en el ámbito de la reproducción -asignada socialmente a las mujeres-. Otra enseñanza importante del feminismo socialista, surgida a partir del debate sobre el trabajo doméstico, es la distinción entre el trabajo y el empleo. El trabajo es toda actividad humana útil para un fin preestablecido, existiendo diferentes tipos (por beneficios y/o remunerado, doméstico, voluntario, político, comunitario, etc.). Sin embargo, se ha producido un efecto metonímico y socialmente denominamos como trabajo a uno sólo de sus tipos: el asalariado.
El origen de esta metonimia reside en el pacto social de postguerra. La norma social de empleo tomó la parte (el empleo) por el todo (el trabajo) y desde entonces se otorgaron derechos de ciudadanía a las personas asalariadas, olvidando que existían otros trabajos -sobre todo los domésticos y de cuidados- que realizaban las mujeres. De este modo las mujeres, a pesar de su importante aportación social, se vieron privadas de los derechos más básicos y tuvieron que pelear incluso por conseguir poder votar.
Durante años, en consonancia con este planteamiento, los sindicatos se ha ocupado del empleo, pero vemos como el modelo fordista del obrero industrial masculino se ha acabado y el mercado laboral se caracteriza por la feminización del trabajo, por tanto ¿no empieza a ser hora de que el sindicalismo ante: las dificultades de las empleadas, el desigual reparto de la carga de trabajo (asalariado y no asalariado) y la crisis de cuidados se ocupe de todo el trabajo?
La crisis actual es sistémica e implica la degradación generalizada de las condiciones de vida. A la crisis económica se añade la ecológica, la alimentaria, la de gobernanza y sobre todo la de cuidados. Un problema importante, pero al que socialmente se le ha dado poca relevante y menor valor porque hasta ahora lo hacían las mujeres Pero ¿por qué tiene más valor social ir a un despacho a escribir al ordenador que dar un biberón a tu hija? ¿Por qué tiene más prestigio pronunciar una conferencia en un congreso que quitar los pañales a tu padre anciano? ¿Por qué a esto último lo pagamos cuando lo hace alguien extraño a la familia y supone una obligación para las mujeres de la misma? ¿Por qué cuándo esto se paga, las mujeres que lo realizan -porque prácticamente todas son mujeres- tienen un Estatuto Especial de Empleadas de Hogar diferente al resto del personal asalariado? ¿Es que es más importante escuchar una diatriba que un bebé sea alimentado o una persona mayor esté atendida y cuidada? Y, sí es tan importante que las personas estemos cuidadas ¿El sindicalismo no debería prestar atención al trabajo de cuidados y entender el trabajo en toda su extensión y no sólo reducirse su actuación al ámbito del empleo?
La destrucción progresiva del Estado de bienestar supone que cada vez habrá menos medios y servicios para atender a una mayor población “dependiente”. Por tanto, la sociedad actual se enfrenta con un problema a resolver porque las mujeres ni quieren, ni pueden seguir cuidando debido a que las condiciones materiales de empleo se lo impiden. Los cuidados y la asistencia que el Estado deja de ofrecer vuelven a tenerse que dar en los hogares y no debería recaer únicamente sobre las espaldas de las mujeres como hasta ahora. Los hombres tienen también el derecho y el deber de cuidar. Habría que socializar los cuidados, pero además pensar cómo se compensa esta actividad. Los cuidados tienen un componente afectivo-emocional, pero no dejan de ser trabajo.
Por otra parte, se constata cómo los problemas laborales específicos que las mujeres tienen en el mercado de trabajo derivan de la tensión que les genera la obligación social de atender al resto de la familia. Las políticas sindicales se esfuerzan en mejorar la conciliación entre lo familiar, lo laboral y lo personal, pero las políticas de conciliación europeas se diseñaron a partir de las políticas de empleo donde la empleabilidad de todas las personas era el objetivo y por tanto había que hacer más soportable la imposible doble carga de las mujeres. En el momento actual la apuesta sindical es la corresponsabilidad, pero los permisos y licencias de cuidados familiares se siguen otorgando a las mujeres. Habría que revalorizar los cuidados y diseñar leyes que reconozcan licencias iguales y paritarias para hombre y mujeres. Pero también modelos donde el empleo se reaparta y las actividades dejen de ser propias de alguno de los sexos.
Las mujeres hemos protagonizado una revolución silenciosa que está inacabada y que lo va a seguir estando si no se acaba con esta distinción entre empleo y trabajo y se concibe el trabajo doméstico y de cuidados como un trabajo que otorgue derechos de ciudadanía. Asumir socialmente esta idea es vital para el futuro y desde el sindicalismo podrían darse pasos en este sentido. Algunos tímidamente ya se están dando cuando se reconoce el periodo de prestación de maternidad como tiempo trabajado, pero hay que seguir avanzando. Iniciar esta discusión implica reabrir el debate, nunca cerrado, sobre el trabajo doméstico y quién, cuándo y cómo se debe valorar y compensar. Hace años escuché a una líder sindical con perspectiva de género debatir aquello de “trabajar menos para trabajar todxs”. La cuestión entonces era intentar conseguir las 35 horas laborales. Cuando esta mujer hablaba de repartir el trabajo estaba hablando de repartir el de casa y el de fuera, no se centraba en el empleo, sino en la carga global de trabajo, donde hombre y mujeres compartieran el empleo y los cuidados.
Muchas son las encrucijadas que se le presentan al sindicalismo actual, invertir la metonimia y tomar el trabajo y no el empleo como referente de acción sindical supone poner la vida en el centro y afrontar conjuntamente –hombres y mujeres- el complejo reto de los cuidados. No sólo se trata de una cuestión de justicia con las mujeres y de reparto de trabajos, responsabilidades y derechos entre los sexos, sino también de un posicionamiento político de confrontación con el capital al cambiar la lógica del mercado por la de la sostenibilidad de la vida. Y para mayor abundamiento permitiría colaborar sinergicamente con el movimiento feminista y el ecologista en la difícil tarea de conseguir la igualdad. Cuidar el medio, las comunidades y las personas se hace imprescindible para garantizar un futuro más vivible para todxs.

Begoña Marugán Pintos

Integrante del Gidyj

Publicado en: Público.es

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