Calidad de Vida: Un desplazamiento semántico – Julio Alguacil

Julio Alguacil GómezEn 1998, después de casi cinco años de fuerte dedicación, logré leer mi tesis doctoral que lleva por título Calidad de Vida y praxis urbana. Para mí fue un esfuerzo teórico y empírico titánico, en el que en otras cosas, pretendí identificar y dar sentido a un concepto emergente que iba cogiendo fuerza en el ámbito académico, en el profesional y en el coloquial, como es el concepto de calidad de vida.

Creí haber explorado todo lo producido sobre el mismo, pero hoy descubro, tras la lectura de dos antiguos artículos de María Jesús Miranda, de principios de los ochenta, y no sin cierto desasosiego, que en lo más cercano, en la entrañable Revista Alfoz, María Jesús desarrolla en pocas líneas y con gran destreza, la idiosincrasia de un concepto en proceso de construcción y recién estrenado en el ámbito científico español por el tristemente desaparecido humanista Antonio Blanch y por el Catedrático de Psicología Social Amalio Blanco, y desde ahora por ella misma.

Son muchas las complicidades que pretendo encontrar entre su trabajo y el mío, la complejidad del concepto y las sinergias que se establecen entre las distintas dimensiones que vierten en él, el detonante que en su conformación incorpora la variable ambiental, su carácter procesual y el encuentro que motiva entre objetividad y subjetividad y, en consecuencia, la constatación de la difícil medición de la calidad de vida a través de los sistema de indicadores convencionales.

Una frase escogida del artículo que María Jesús escribe junto a Alfredo Villanueva: “Condiciones de vida: Expectativas para un cambio” establece una buena síntesis de todo ello: “La calidad de vida solo puede entenderse como el resultado final de un proceso en el que están imbricados muchos factores que interactúan entre sí. En este sentido se viene utilizando como un concepto crítico respecto al desarrollismo de pocos años atrás”.

Así, el concepto de calidad de vida, introducido principalmente desde la dimensión ecológica, obtiene todo su sentido sólo si es complementada con la dimensión cultural y la económica, situándonos en la dimensión operativa de la “complejidad”, es decir en la multiplicidad de aspectos que dan sentido a la acción humana.

En definitiva, la calidad de vida viene a significar a la misma vez, una síntesis y ampliación -propia de la riqueza de lo complementario-, entre el sujeto individual y el sujeto colectivo, entre el carácter subjetivo y objetivo, entre el análisis microsocial y el macrosocial, entre la escala local y la global…, proponiendo la superación de la tradicional ruptura entre la cultura científico-técnica y la cultura científico-humanista.

Es esta lectura de la calidad de vida, como síntesis, la que nos viene a reseñar la reciprocidad entre elementos y dimensiones, que nos lleva a pensar en la calidad de vida como una expresión de la complejidad.

En sus inicios el concepto de calidad de vida ha venido acompañado de la preocupación por encontrar la medida de la misma. El movimiento científico empeñado en el ejercicio de desarrollar sistemas de indicadores adquiere un auge definitivo en los años sesenta, la institucionalización del concepto de Calidad de Vida no se advierte hasta el inicio de la década de los 70 cuando la OCDE establece un programa de estudio de la evolución del bienestar o de lo que denomina como “área de preocupación social” a través del que se pretende establecer criterios políticos a seguir que presten atención a los aspectos cualitativos del bienestar.

En 1972 se organiza la Conferencia Internacional sobre Calidad de Vida por parte del sindicato de los metalúrgicos alemanes IG Metall. En junio de 1974 se crea el Ministerio de la Calidad de Vida en Francia y en 1976 se firma la “Charte de la Qualité de la Vie” por parte del primer mandatario francés. Mientras que en España, habrá que esperar hasta la Carta Magna de 1978 para que el concepto de Calidad de Vida ocupe un lugar de relevancia institucional.

La Constitución Española ya recoge en su breve preámbulo la idea de “promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida”; mientras en el articulado aparece el concepto en dos de sus artículos, en el 45.2 – dónde se hace referencia a la “utilización racional de los recursos naturales con el fin de proteger y mejorar la calidad de vida”- y en el 129.1 que expresa como “La ley establecerá las formas de participación de los interesados en la Seguridad Social y en la actividad de los organismos públicos cuya función afecte directamente a la calidad de la vida o al bienestar general”; de tal manera que, sin un gran desarrollo si se recogen las tres grandes dimensiones que María Jesús Miranda despliega en sus artículos y que también, se proponen para la construcción del concepto de calidad de vida en mi trabajo: El medio ambiente, el bienestar, y la cultura.

Cada uno de ellos se desglosa a su vez en múltiples subdimensiones (habitacional, ciudad y territorio; trabajo, educación y salud; y tiempo liberado, participación y relaciones sociales). A su vez se apuntan aquellos aspectos transversales a considerar en función de los atributos adscritos a las personas, como el género, la edad, el estado de salud, el origen nacional….

De este modo, la calidad de vida, combina los modos y estilos de vida, con el nivel de vida y el sentido de la vida, considerando a éste último como un componente articulador de su complejidad, permitiéndonos, también, acceder a su sentido como proceso que integra al sujeto.

Definir la Calidad de Vida sin desechar su complejidad sólo es posible aproximándose a través de una supradefinición, unas subdefiniciones de cada uno de sus componentes y de cada uno de los subcomponentes, y buscar un elemento de articulación entre los mismos.

La supradefinición define a la Calidad de Vida como un grado óptimo de la satisfacción de las necesidades humanas. Las subdefiniciones se pueden buscar mediante estadios intermedios a través de sistemas de indicadores y analizadores. Y finalmente la articulación es múltiple entre diferentes planos de componentes. Si bien, sí estamos en condiciones de establecer un sujeto articulador y un sentido de la articulación.

El sujeto articulador no puede sino ser el propio sujeto integrado colectivamente en el proceso, el sujeto en proceso que denominara Jesús Ibáñez, y el sentido articulador es el proceso mismo, es decir, la capacidad de acceso a los recursos por parte del sujeto para poder dominar y conducir conscientemente su propia vida.

La calidad de vida es a la vez un proyecto (una imagen de futuro) y un proceso (una praxis social y política) que implica simultáneamente la aplicación de sistemas de valores a la acción cotidiana, y por tanto, implica también la consideración de desarrollos cualitativos (subjetivos) que tienen, igualmente, sus implicaciones en función de sus objetivos, y que precisan de estrategias objetivadas.

La acción colectiva frente a la racionalidad económica toma forma organizativa en nuevos movimientos sociales cuya emergencia recurrente constituye, en sí mismos, procesos de comunicación, conocimiento y conciencia que hacen suyo el concepto de calidad de vida, dotándole de un sentido de potencialidad y de creatividad cultural que viene a cuestionar los modelos de organización de la racionalidad económica dominante.Ç
Intentado completar estas complejas articulaciones conceptuales, en un trabajo posterior(1), se propone el desarrollo humano sostenible como el paradigma de la calidad de vida, completando una perspectiva intersistémica.

Para ello consideramos que el cómo se satisfacen las necesidades humanas determina el modelo de desarrollo, igualmente que los procedimientos sobre cómo se construyen las relaciones entre los sujetos conforman un sistema de derechos humanos y, finalmente, en el cómo se establecen las relaciones sujeto-objeto, hombre-naturaleza, determina la sostenibilidad ambiental (y, por tanto, social) completando un sistema de calidad de vida.

De este modo el sistema de necesidades humanas, el sistema de derechos humanos y el sistema de la calidad de vida no pueden obtener plena identidad sin considerar su mutualidad, que identificamos en el paradigma del desarrollo humano sostenible.

Me atrevo a expresar que los artículos de María Jesús Miranda anticipan implícitamente estas ideas, a la misma vez que denuncia la banalización que del concepto hace el mundo de los políticos y de los empresarios, para desplegar toda la complejidad del concepto desgranando las condiciones de vida: de trabajo, de vivienda, de transportes , de ocio…

En su breve artículo “Semejanzas y diferencias entre los roles femeninos y masculinos en el mundo laboral y familiar”, María Jesús Miranda refuerza lo desarrollado en el artículo de Alfoz, mostrando además cómo la calidad de vida en la integración sistémica entre elementos físicos y culturales, objetivos y subjetivos, permite y motiva la incorporación de la mirada transversal de género a la calidad de vida, anticipando, de alguna manera, lo que hoy conocemos como conciliación entre la vida laboral y familiar.

En una sociedad basada en desigualdades, entre ellas la de género, las mujeres presentan una ostensible peor calidad de vida que los hombres en los desequilibrios que se producen entre la gestión del tiempo y el acceso al espacio físico, siendo la conciliación un concepto sinérgico, propio de la calidad de vida, que permite buscar esos equilibrios necesarios entre la identidad y la igualdad de derechos.

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1. ALGUACIL J. (2008): “Desarrollando el inagotable concepto de desarrollo”. En Vidal, F.; Renes, V. (coord.): La agenda de investigación en exclusión y desarrollo social. Colección de Estudios Fundación FOESSA pp. 245-268

Julio Alguacil

Integrante del Gidyj

Publicado en: dondeestabasen1975.com

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